Los armenios y Anne Frank

Recuerdo bien el día que escuché su historia por vez primera. Yo estaba en primaria (6º, creo. Tal vez 5º). Día de cole normal. Era mediodía, hora de ir a casa a comer, ¡rapidito, que después había que volver otra vez a clase! Y me fui al patio, a la gran puerta verde, a preguntarle a mi madre, que ya estaba allí esperándome, si podía quedarme a comer en el colegio, con una amiga de clase. Accedió. Yo estaba contenta.

¿Por qué cuento esto? Fue aquel mediodía. Fuimos a la biblioteca y, mientras mi amiga adelantaba los deberes, yo pasaba el rato mirando los libros en las estanterías. Y su historia acabó en mis manos. Quisiera recordar mejor, no estoy segura de si me lo propuso mi amiga o si lo cogí yo al azar, pero la cuestión es que abrí el Diario por primera vez. Yo no tenía ni idea, y empecé a leerlo como si de un libro infantil, a lo Judy Moody, se tratase. Me detuve en seguida, ante la mirada incrédula de mi amiga.

—¿Lo estás leyendo en serio?—me dijo.

No la entendí, parecía que estuviera leyendo algo prohibido, censurado. Pero estaba en la biblioteca de primaria, es decir, no tenía nada de malo, ¿no? Y fue entonces cuando pregunté, y mi amiga me lo contó, y escuché, de una forma muy muy (muy) resumida (no creo que a ella le hubieran contado ni la mitad de los hechos de aquellos tiempos no tan lejanos), la historia de Anne Frank. Tuve miedo, pero quería saber más, no lo llegaba a entender.

No voy a entrar en la historia en sí, porque todos la conocemos (supongo) y no aportaría nada nuevo. No es mi intención resumir la vida de Anne Frank.

Esta pequeña historia sobre cómo conocí a Anne Frank no es más que una de las miles de historias de otras miles de personas que la han conocido a través de su legado: su Diario. Y es que resulta fascinante el hecho de haber podido llegar a tanta gente, a tantos corazones. O por lo menos a mí me llegó al corazón.

Como decía hace un par de párrafos, yo necesitaba saber más de aquella niña, y de hecho unos pocos meses después ya estaba leyendo su Diario. Aunque no lo entendí del todo hasta mucho más tarde.

Y es que, en cierto modo, ¿quién iba a entender eso? Ahora que sé un poco más de historia, conozco las causas y el contexto económico, sociopolítico (y filosófico, porque la forma de pensar influye sobremanera), de la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿y qué? No es en absoluto una justificación, son hechos injustificables. No se puede justificar un genocidio. Por tanto, es normal que yo no entendiera aquello del Holocausto. Y de hecho, logré comprender el Diario, pero nunca podré entender cómo un grupo de personas decide acabar (y de una manera tan horrible que no existe una palabra para describirlo) con otro grupo de personas. Cómo alguien puede querer asesinar a personas, acabar con vidas… Es simplemente incomprensible cómo puede pasar algo así. Y, para colmo, la historia se repite, porque todos sabemos que éste no fue el primer ni el último genocidio.

Dzidzernagapert

Fuente: 1.bp.blogspot.com

Recuerdo bien el día que escuché su historia por vez primera. Era mucho más mayor (15 años) que cuando conocí a Anne Frank, y esta vez la historia la conocí a través de un amigo armenio. Fue durante una conversación cualquiera, yo siempre le decía: “Cuéntame cosas de Armenia.”, un país completamente desconocido para mí hasta que él apareció en mi vida.

Al mencionarme el genocidio armenio varias veces, empecé a indagar por mi cuenta (y confieso que me avergüenza no haber sabido nada de esto hasta los 15), y busqué en internet: en la Wikipedia, en blogs, y posteriormente documentales en Youtube. También vi la película El destino de Nunik. No esperaba ver imágenes tan espantosas, no esperaba ver una historia tan triste (y con triste me quedo corta, podría decir muchos adjetivos: horrible, inhumano… pero de nuevo repito que no hay una palabra que pueda describir esto). Otra vez me invadió un sentimiento de impotencia. Y otra vez no lo entendí. El genocidio armenio no se estudia en las escuelas españolas (o por lo menos en mi colegio no lo estudiamos nunca), pero había leído mucho y siempre en los documentales informaban sobre las “causas” y el contexto. Reitero que todo está de más, porque es incomprensible, se escapa a mi entender que puedan tratar así a seres humanos que además jamás hicieron daño a nadie.

Me llamó la atención que aquel genocidio hubiera sido mucho antes que el Holocausto y no hubiera tenido ni la mitad de repercusión. Es más, es que ni siquiera figura en mis libros de historia, ni de ética, ni de nada de nada. Todo el mundo conoce la historia de los nazis, pero la mitad de las personas apenas sabe nada del genocidio armenio. Y es mucho más triste que esto.

Antes he dicho que no se puede justificar un genocidio. Pues igual de malo es tratar de justificar los hechos como negarlos. Otra cosa que no entiendo: a día de hoy, casi 100 años después del suceso, Turquía lo niega. ¿En serio? Hay fotos, hay testimonios, hay pruebas más que de sobra (ya que parece que no hay ni hubo honestidad ni valor para reconocer los hechos, hay que presentar pruebas). Además, hay países que lo han reconocido. Hay un pueblo cargando con un genocidio en su memoria, familiares, descendientes de las víctimas que tienen que aguantar que se nieguen los hechos. Es una vergüenza. Nadie está culpando a los descendientes de aquellos que perpetraron la masacre, solo se pide justicia, que se reconozca, que Turquía admita su culpabilidad. No puedo entender esa negación absurda de la realidad.

Quizás me llaméis niña pequeña, porque estoy repitiendo mil veces que no entiendo nada. Creedme, no lo soy, no soy tan inteligente como los niños, con su sencilla lógica y sentido común para aquellas situaciones en las que los adultos buscan tres pies al gato.

Monumento conmemorativo del genocidio armenio en Mislata (Valencia)

Fuente: wikipedia

He intentado transmitiros lo perpleja que me siento ante estos hechos, porque no solo me horrorizan y me indignan, sino que me dejan perpleja. Pero no es éste el objetivo principal de este (tal vez demasiado largo) “artículo de opinión” (por clasificarlo de alguna forma). Lo que pretendo es transmitir mi apoyo a todos los descendientes de las víctimas del genocidio armenio, contribuir de alguna forma a mantener vivo el recuerdo de todas aquellas víctimas. Éste es mi granito de arena.

Entonces, ¿a qué viene Anne Frank en este texto? A lo mejor habéis notado que admiro a esta muchacha desde que leí su Diario; ella me ha servido de inspiración todo este tiempo. Ella representa a todas las víctimas, no solo del Holocausto, sino de esas injusticias brutales cometidas a gran escala que son los genocidios (sí, he dado una definición muy subjetiva y extraña de los genocidios, ¿verdad?). (De todos modos, escribiré una entrada solo para el genocidio armenio, aunque nunca será suficiente ni podré transmitirlo todo).

El hecho de que represente a todas las víctimas significa que, cuando leo su Diario, también recuerdo a todas esas personas que sufrieron como ella el intento de exterminio de su pueblo. No conoceré nunca todos los nombres, todas las historias, de estas personas. Son muchas las víctimas, por desgracia. Y quiero decir que todas y cada una de ellas son grandes y merecen un museo para cada una (y sé que hay un museo sobre el genocidio), igual que tiene Anne Frank. Todas merecen tener su historia publicada, un rincón en la memoria colectiva. Todas las víctimas del genocidio armenio merecen que se reconozca el horror que vivieron.

¡Justicia para los armenios, ya!

Rima S.

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Granada

Morena y de ojos grandes,

inocente cual niña pequeña,

tolerancia y tradición, en esa mirada

de aquella chica con el collar de granada.

La chica de la granada

(así la llamaban)

salía por las tardes y atravesaba el pueblo

para ir a recoger agua.

No tenía grandes lujos,

ni allí ni en su ciudad;

y sí, en este último lugar

podía tener más y más,

pero no era ambiciosa,

tampoco soñaba

con grandes cosas,

pensaba quizás en lo esencial…

La chica del collar de granada

(¿Dónde lo vería,

quién le daría

ese collar?)

buscaba la felicidad

en pequeños detalles,

le gustaba hacer sonreír a las personas,

cuidar de los demás,

como una madre.

Tenía sus principios,

inamovibles como las montañas,

a pesar de que los tiempos cambiaban,

pero la chica de la granada

sabía elegir por qué ser influenciada.

¿Quién le daría ese collar?

¿Lo llevaba por compromiso,

o de verdad le gustaba?

Tal vez había otros collares más bonitos,

pero a ella le gustaba su granada,

porque no a todos nos gusta lo mismo,

ella era libre de elegir, y le gustaba su granada.

Morena y de ojos grandes,

única y muy querida,

hay tolerancia y tradición en esa mirada

de aquella chica con el collar de granada.

Rima S.

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